Miércoles, 25 de agosto de 2010 • 10:17h.
por donde las tomas, te dan (es solo sexo, 7)
Los dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. «Juraría que finalmente, —pensé—, ya no solo fuma después de follar» por la destreza con la que cogía ahora el cigarrillo. Me llevé el mío a la boca y apresándolo con los labios, inundé mis pulmones de humo gris y nicotina. Retuve por unos instantes todo aquel veneno en el interior y dejé escapar el resto por las fosas nasales. «A no ser que —continué elucubrando— se pase las 24 horas del día follando... incluso cuando duerme» y sonreí.
—Por qué sonríes? —Me preguntó al descubrirme.
—Cuántas veces follas con tu... —hice una ligera pausa para cambiar el tono de voz interrogativo a plano pero adornado con algo de sorna— ...novio.
—Hasta qué punto te interesa tanto?
—Simple curiosidad —le dije—. Siempre he pensado, que por transmisión de fluidos, besarte es como chuparle la polla a tu novio.
Con un gesto brusco, se abalanzó hacia el cenicero que yo sostenía apoyado en el pecho agarrado con mi mano derecha para que no resbalara cayendo en las sábanas, y apagó su cigarrillo aplastándolo con más rabia que pericia. Lo dejó medio encendido, humeante, apestando aún más la habitación y saltó de la cama al suelo.
—Eres un puto cerdo, —concluyó.
—Ja, ja, ja... —solté una carcajada e intenté explicarme—: no estoy diciendo que vengas con restos de semen en tu boca después de mamársela a tu novio. Me refiero a que la imaginación me juega estas malas pasadas y...
No pude terminar la teoría que siempre había sustentado sobre la cadena de fluidos que se crea entre dos personas cuando practican sexo porque el sonido de la puerta del baño, al cerrarse, me avisó de que era inútil seguir explicándome si quería que ella me entendiera.

—Ya te vas? —Le pregunté cuando vi que al salir del baño empezaba a vestirse.
No me respondió. Observé su rostro serio y comprendí que se había ofendido. Me quedé en silencio mirando como iba cubriendo el cuerpo con prendas de ropa hasta que quedo vestida por completo. Era evidente que se iba, sí.
—Volveremos a vernos? —Intenté saber qué futuro me esperaba pero con un gesto decidido, se colgó el bolso de su escuálido hombro y dando media vuelta, desapareció de delante de mis narices sin romper su silencio.
La oí caminar por el resto de la casa en dirección a la puerta de salida y solo fue en ese momento en que abrió la boca para despedirse:
—Depende de cómo te encuentres! —Me gritó desde la otra punta de la casa.
—A qué te refieres? —Le pregunté alzando la voz a la vez que saltaba de la cama para encaminarme hacia ella.
—No follo con mi novio desde que me contagió la gonorrea —me dijo— y me ha salido un herpes en la boca... cuida tu polla!
—Joder! —Exclamé y aceleré el paso para conseguir atraparla y que me contara cuánto había de verdad o mentira en su amenaza antes de que huyera de casa.
Escuché abrirse la puerta de la calle y me puse a la carrera por completo pero al llegar a tener en mi campo visual la puerta solo pude ver que se cerraba de un tremendo portazo.
—Maldita sea! —Grité—. Un día vas a derrumbar el puto tabique!
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Sábado, 10 de abril de 2010 • 11:00h.
era bella y yo la vestía (es solo sexo, 6)
Los dos estaríamos mirando al techo. Seguramente, fumaríamos. Pero no. Lo más normal es que los dos, ellos dos, en ese preciso instante también estarían mirando al techo... y fumando.
—Ella fumando! —Escupí.
Me pregunté si él fumaría. Me quedé pensativo dándole una honda calada a mi cigarrillo, entrecerrando los ojos para que el humo no me cegara, y decidí que casi me daba igual.
—Si no fuma y el tabaco no lo mata, —susurré—, lo mataría yo a puntapiés.
Esbocé una sonrisa. Me esforcé en hacer una mueca perversa como si alguien pudiera estar mirándome pero se desdibujó al instante. No me encontraba muy dispuesto a aguantar mis propias estupideces. Ni mis propias estupideces ni mis propios pensamientos. De un modo u otro, debía mantener la mente ocupada con otras cosas que no tuvieran relación con ella.
—Cómo será? —Volví a sorprenderme hablando en voz alta.
Me tapé la boca con la mano intentando acallar mis palabras pero el cerebro no entendió la orden y tiró sin mi consentimiento: alto? Si es bajo sí que puedo patearlo; Fuerte? Una puta tableta de chocolate; Cariñoso? Maldita sea el amor de las primeras semanas; Atento? Bah, un imbécil panoli; Guapo? No será inteligente, entonces...

Sin prestar atención, quise apagar el cigarrillo en el cenicero que tenía reposando en mi pecho pero en alguno de los movimientos se había desplazado y solo acerté en aplastar la punta incandescente muy cerca del pezón derecho.
—Joder! —Grité con todas mis fuerzas—. Hijo de la gran puta!
Me incorporé violentamente sacudiéndome la ceniza al rojo que me chamuscaba la piel causándome un dolor insoportable. El cenicero se vació de colillas por encima de las sábanas blancas y rodó por la cama hasta dar un salto mortal hacia el suelo chocando y haciéndose trizas. Mientras, mi lengua escupía una ristra de insultos y tacos y un montón de expresiones malsonantes que ni sabía cuando las había aprendido.
De un salto, al mismo tiempo que golpeaba las sábanas intentando evitar que no se hicieran más agujeros de los inevitables, me puse en pie en el suelo y noté el pinchazo de un cristal que se clavaba en una de mis plantas como un tremendo arpón. Un extremo dolor me recorrió todo el cuerpo de abajo a arriba como si un rayo me estuviera partiendo en dos desde dentro hacia afuera.
Creo que fue en ese preciso instante cuando solté el alarido más espeluznante que jamás haya emitido y mi garganta decidió dejar de pronunciar ni un solo sonido más durante las 48 horas siguientes.
Me llevé las manos al pie herido, arrugando la pierna, y me lancé en busca de protección encima de la cama. La sangre brotaba como un aspersor manchando sábanas y paredes mientras mis dedos pinzaban el cristal clavado y lo extraían dejando un profundo boquete cercano al talón. Tiré de la sábana y la enrollé alrededor del pie intentando inútilmente parar la hemorragia. Noté como las primeras lágrimas rodaban por mis mejillas al tiempo que, bajando por el lado opuesto de la cama, inicié el camino hasta el baño arrastrando media cama con la pierna herida. «Por qué coño sujeto tan bien las sábanas debajo del colchón?» me pregunté maldiciéndome. Tiré con fuerza para poder llegar hasta el baño pero no solo se desató el pie de sus ataduras sino que también lo hizo la tercera ley de Newton o la de acción y reacción. Lo pensé. Incomprensiblemente, lo pensé. En una milésima de segundo, la que va desde la pérdida de equilibrio total hasta darme con la frente en el canto de la taza del váter, se me apareció Newton y su tercera ley.

Desperté aturdido en el frío suelo del baño. Sumergido en una espesa capa de pitidos de alta frecuencia y docenas de silbidos de vientos imaginarios colándose por rendijas de ventanas viejas, mi cabeza parecía palpitar esperando el momento preciso para estallar en mil pedazos.
—Ha sido un puto sueño... —quise pronunciar pero nada salió de mi boca.
Respiré profundamente, llené los pulmones y expulsé el aire intentando emitir algún sonido. Nada, cero. Ni un leve gemido. Desanimado, miré a mi alrededor y vi las sábanas por el suelo que, como si fueran la mecha de un cartucho de dinamita, se extendían hasta el colchón medio caído en medio del dormitorio. Percibí el brillo de lo que parecían trozos de cristal esparcidos por toda la habitación y de repente, llevé la mirada al pie herido. Si como parecía, al fin y al cabo, nada había sido un sueño, el pie debería seguir sangrando y yo no estaba muerto de milagro.
Mientras observaba un extraño vendaje alrededor del pie, oí un ruido familiar que llegaba desde el otro extremo de la casa. Intenté reclamar un «quién anda ahí» aunque fuera con un hilo de voz pero solo escuché como la puerta se cerraba de un portazo.
Sonreí.
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Sábado, 13 de marzo de 2010 • 13:30h.
su vida es una pendiente (es solo sexo, 5)
Lo dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. «Solo fumo después del sexo» me dijo una vez. Desde entonces, cuando la veo con un pitillo en la boca, no sé qué pensar. Y se me nota, lo sé. Debo hacer alguna mueca extraña o titubeo al hablar, o algo que no percibo, porque ella no tarda en preguntar que qué me pasa.
—Nada —suelto sin darme cuenta.
—Nada? Nada de qué?
—Emmm... —balbuceo—. Pensaba en voz alta.
Joder, joder. Cagarla dos veces seguidas en menos de cinco segundos. Y ¿qué otra cosa podía responder si me pilló de sorpresa? Relajado, fumando y con la sangre aún a medio camino de llegar al cerebro es imposible reaccionar ante una trampa, aunque sea estúpidamente propia.
—Lo has notado, no? —Vuelve a preguntar.
—Notar? —Respondo interrogando—. El qué?
No había notado nada extraño. La había desnudado lentamente, haciendo caso omiso al ritmo que pretendía marcarme el corazón con sus latidos (pum! pum! pum! pum! pum!) que es como ponerse en riesgo de castigo por no obedecer el sonido del tambor que marca el compás en el que hay que remar en una galera llena de esclavos. Observé su piel tersa y lechosa lo más cerca que mi vista me permite. Había rozado con los dedos, como un ciego lee un escrito en braille, cada milímetro cuadrado de su suave corteza y nada me había sorprendido... todo me era familiar, lo tengo tan aprendido que puedo examinarme sin temor al suspenso.
—Que hay otra persona.
—Hemos hecho un trío y no me he dado cuenta?
—En mi vida, coño! —Espeta cortándome la carcajada.
—Ostias! Es verdad, has entrado fumando!
En su vida? Qué parte me he perdido? En su vida no estoy yo? Desde cuando ha dejado de ser mi becaria? Demasiadas preguntas para no obtener respuesta. Pero no iba a formularlas en voz alta, pensaría que estoy herido... por consiguiente: enamorado.
—Ah... interesante. —Dejo ir sin la más mínima importancia.
Con un movimiento digno de una gacela, salta de la cama y la abandona. Recorre la habitación agachándose para recoger la ropa desperdigada que amontona formando una pelota bajo su brazo y, como siempre, me muestra el culo en cada movimiento. En otras ocasiones, la escena me encanta. Esta vez, "tomarlo" no lleva el mismo significado.
—Y me lo dices ahora? —Le pregunto, no puedo permanecer callado—. Después de lo que me he esforzado? Intentando llegar a los dos polvos, digo.
—Es un amigo de clase, —me grita desde el baño—, desde ayer estamos juntos.
—Ayer! —Exclamé—. Y lo de hace un rato, qué ha sido? Me dejó a medias y tenía que quitarme el picor?
Creí oír un "imbécil" perfectamente sonorizado por la acústica de los azulejos del cuarto de aseo. Pensé que debe ser cierto que donde mejor suena la música es un váter, debería probar algunos acordes de guitarra sentado en la taza.
—Lo probaré cuando se marche. —Me dije.

Tras una ducha, perfectamente arreglada, regresó a la habitación. Debo reconocer que estaba más guapa que nunca. Se abalanzó sobre mi, que aún seguía bajo el edredón apurando un nuevo cigarrillo, y me besó en la comisura de los labios. Quise devolvérselo pero fue de nuevo rápida incorporándose y solo pude expulsar el humo aprovechando la forma de mis labios. Buff...
A lo lejos oí como cerraba la puerta de un portazo.
—Cierra con... bah, da igual, si la puerta no se ha roto ya no va a hacerlo ahora.
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Miércoles, 20 de enero de 2010 • 01:28h.
intentaciones (es solo sexo, 4)
Los dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. Intentábamos calmarnos, serenarnos. Las sábanas se pegaban a mi piel, sudaba como hacía tiempo que no lo conseguía. Ella intentaba acompasar su respiración para tranquilizarse al mismo tiempo que mantenía largo tiempo el humo dentro de sus pulmones. Cuando vio que yo sonreía, soltó la pregunta.

Habíamos llegado hasta la cama desnudándonos mútua y aceleradamente dejando piezas de ropa por toda la casa confeccionando un camino de migas perfectamente rastreable. Rastreable por quien quisiera hacerlo, por supuesto. Desnudos al llegar al pie de la cama, ella me empujó sin medir en absoluto su fuerza haciéndome caer como un saco encima del colchón. «¿Esa fuerza, —me pregunté— es fruto de su mala leche?». Se me lanzó encima e intentó convertirme en un pura sangre pero en cuestión de segundos me había convertido en un percherón.
—Para, para... —susurré para, de repente, elevar la voz—. Para, por favor!
Su cara, a escasos centímetros de la mía, dibujando sorpresa por unos instantes se acabó transformando perfectamente en disgusto como si hubiera sido procesada por el mejor de los programas en morfing. Como buena amazona, ejecutó los movimientos adecuados para acabar posando su culo encima de mis rodillas: del galope al trote y del trote al paso.
—Qué coño ocurre? —Preguntó, pero no contesté.
Esperé, mirándola fijamente, a que la pregunta se convirtiera en retórica. Y esperé. Y esperé. Y como vi que aquello iba a durar siglos antes de que la respuesta saliera a la luz, bajé los ojos. Ella siguió la trayectoria señalada de mi mirada hasta tropezar con mi entrepierna. «Bueno, —pensé—, no he ido a coger la expresión exacta dadas las circunstancias».
Descabalgó y se puso en pié sin dejar de mirar... la nada.
—Emmm... —balbuceé—. No sé qué me ha pasado.
—Te cuento lo que veo? —Y apuntilló—: O lo que no veo?
—No, por favor —rogué.
Un enano, vestido de arlequín de rombos rojos y blancos, empezó a correr de una punta a otra en la biblioteca de mi cerebro. Saltaba de estante en estante, tiraba de pesados libros repletos de excusas, leía el título de la cubierta y si no era el adecuado, lo lanzaba al suelo. Sin demora probaba suerte con el siguiente.
—Tienes alguna explicación? —Me apremió cuando aún, el enano arlequín no había dado con algo que aliviara la situación.
—Emmm... —volví a dudar.
Con todos los libros en el suelo, esparcidos, el arlequín me miró y con su gesto entendí «no hay nada, no hay excusa».
—Ese ruido es lo único que se te ocurre decirme? —Insistió.
—El wasabi me sentó mal? —Dije—. Sirve?
Soltó una ristra de tacos y salió de la habitación. Seguí su culo desnudo con la mirada hasta que desapareció al traspasar el marco de la puerta. Oí como recogía paso a paso las piezas de ropa, imaginé como las convertía en una bola bajo su brazo, hasta que la última la condujo delante de la salida. La abrió y la cerró de un portazo.

—Cierra con suavidad, joder!
Mi grito nos despertó. Yo sudaba y jadeaba. Ella jadeaba bastante más, se había pegado un susto de muerte.
—Qué puto susto me has dado! —Articuló, no sin esfuerzo.
—Lo siento, —intenté calmarla—, me quedé dormido y he tenido una pesadilla.
Cogí el paquete de tabaco, tiré de dos cigarrillos y poniéndome uno entre los labios le ofrecí el otro. Lo encendí y le acerqué la llama para que hiciera lo propio con el suyo. A medio cigarro, nos habíamos calmado lo suficiente para mirar al techo, en silencio. Ella se movió, para cambiar levemente su postura, y la cama vibró. «Un día de estos —pensé— vamos a partir las cuatro patas a medio polvo». Sonreí y solté la bocanada de humo por la nariz. Ella me miró, apagó su inacabado cigarrillo en el cenicero que tenía posado en mi pecho y preguntó:
—¿Lo intentamos de nuevo... —hizo una pausa y remató—: ...a ver si esta vez puedes?
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Sábado, 31 de octubre de 2009 • 09:33h.
sexo, mentiras y cintas de video (es solo sexo, 3)
Los dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. De vez en cuando, yo miraba la punta de mi cigarro al rojo vivo. Ella, también de vez en cuando pero con más insistencia, miraba el suyo y desviaba la vista hacia el mío. Sabía por eso que estaba intranquila, sabía que quería decirme algo. «Intentas así llamar la atención de la gente que te rodea —pensé— y como aquí solo estoy yo y no te rodeo ni con los brazos...» Solté una risita por debajo de la nariz que intenté disimular antes de...
—En qué piensas?
...joder, antes de eso. Antes de que me preguntara de qué me reía. Pero ya lo había hecho, ya había abierto la boca para ponerme en un nuevo aprieto.
—De cómo pasa el tiempo.
—¿Ya estás otra vez con esas estupideces de tu edad?
—No, no —le replico— esta vez no.
La becaria se había medio incorporado en la cama al mismo tiempo que emitía la pregunta. El movimiento brusco hizo que toda la cama se tambaleara. La sábana le había dejado un pecho al descubierto y se lo miré de reojo. El tubo de ceniza de mi cigarrillo, casi tan largo como lo había sido minutos antes el cilindro de papel con el tabaco,
cayó en mi pecho quemándome la piel.
—Joder! —Espeté sacudiéndome la ceniza esparciéndola por toda la cama.
—Vas a quemarlo todo, —me riñó apagando su pitillo en el cenicero.
—Si no ha ardido el colchón con la fricción —me limité a comentar— podríamos considerar el camastro como ignífugo.
Ella hizo una mueca, la misma de siempre, la misma que me decía una y otra vez que mi sentido del humor no le hacía mucha gracia. La misma que me recordaba que no follábamos cada dos por tres porque me hiciera sentir el tipo más gracioso del mundo. Recuerdo que solo se puso a reír la primera vez que vio mi miembro flácido, arrugado, tímido, agotado...
—Sí, lo sé —le dije—. A veces he de disfrazarme de explorador para encontrármela si quiero mear.
Y al oír mi explicación ¿qué hizo? La mueca, efectivamente.

—Me vas a contar en qué pensabas? —Inquirió.
—Ah! Sí, ya lo había olvidado.
Arrugué la colilla en el cenicero de mi lado de la cama y me incorporé sentándome utilizando la almohada como respaldo contra la pared.
—Recordaba de cuando tuve un VHS, solo eso.
—Tuviste? Eso no se cura! —Dijo.
Sin mediar ni una palabra más, saltó de la cama rápidamente, recogió su ropa mostrándome el culo y salió desnuda de la habitación en dirección a la puerta de la calle de casa.
—Qué coño te ocurre ahora... —Dije con desidia aún desde la cama.
—Vete a la puta mierda! —Gritó desde la puerta de entrada... que mantenía abierta para que toda la comunidad fuera partícipe de la situación. Y finalizó elevando aún más la voz—: nunca me has explicado que tienes sida!
Supe que ya no iba a decir nada más y que tras ello saldría de mi casa dando un portazo.
—Cierra con suavidad, joder!
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